viernes, 28 de julio de 2017

Lógica ineficaz


   El pintor termina el trabajo y le pide a la señora que le traiga un trapeador para limpiar las manchas de pintura que había dejado en el piso. La señora es extranjera y no tiene ese implemento, sino un secador, de esos que se usan para remover el agua sobrante de los suelos, y un trapo de piso común y corriente. 
   La señora envuelve el secador con el trapo y se lo pasa al pintor, y se va a la cocina a preparar una limonada. El pintor pone manos a la obra, pero debe detenerse cada tanto para reacomodar el trapo, que debido a la fricción con las baldosas se desprende una y otra vez de la banda de caucho del secador.
   El pintor se queda estudiándolo y concluye que, para no bregar todo el tiempo con el trapo, lo mejor sería  hacerle un hueco en el centro y ensartarlo por el palo del secador, como una ruana. Esto facilita mucho su labor, la cual prosigue, silbando un vallenato.
   En esas entra la señora y exclama:
   – ¡Pero qué ha hecho, hombre! ¡Me ha estropeado el trapo!
   El pintor intenta exponer la coherencia lógica de su método. Pero la señora no acepta sus argumentos y le exige que vaya ahora mismo a comprar un trapo nuevo.
   El pintor camina siete cuadras ida y vuelta para comprarlo. Se lo entrega a la señora, recibe el resto de su paga, se despide de ella y nunca más la vuelve a ver.

sábado, 24 de junio de 2017

Reductio ad absurdum

   El experimento consistía en enviar a un hombre al núcleo de un átomo.
   Los científicos que lo llevaron a cabo encontraron la manera de hacer que un hombre pueda ser un observador cuántico, capaz de informar en tiempo real. Lo más difícil fue conseguir un voluntario, problema que se resolvió con el reclutamiento de un condenado a muerte.
   Emplearon un proceso de reducción progresivo, para solucionar cuestiones de logística. Una especie de nave espacial, con su ocupante dentro, fue sometida a rayos reductores, y cuando alcanzó el tamaño adecuado la colocaron sobre una pista en miniatura y la enviaron a su destino: el átomo de carbono de un terrón de azúcar, ubicado a un metro de distancia, aproximadamente.
   El exitoso despegue fue recibido con aplausos en el centro de comando y control. Pero el "voluntario", que ahora simplemente era denominado "el observador", no pudo compartir ese entusiasmo. Nada lo habría preparado para la nueva realidad en la que estaba entrando. Se encontraba en la dimensión molecular, y el brillo estroboscópico de los enlaces covalentes le produjeron un ataque de epilepsia.
   Navegando en el vacío inter-atómico, poco después de que comando y control disparara el séptimo rayo reductor, el observador se acercó al objetivo. Porque no pudo encontrar otra analogía, comparó al átomo con un sistema solar.
  Comando y control luego lanzó otros siete rayos reductores. Y fue entonces, cuando la nave del  observador llegó a la dimensión subatómica, que se complicó el experimento: los científicos se dieron cuenta de que las transmisiones del observador estaban llegando antes de que las emitiera, lo que causó que se rompieran las comunicaciones y ya no pudieran determinar su posición exacta: comprobaron que en el acto de hacer la medición, cambiaban el resultado.
   Ahora ni siquiera están seguros de si el observador está vivo o muerto: según los cálculos de algunos, es probable que viva indefinidamente.

viernes, 16 de junio de 2017

Mal agüero


   Eran trece. Mala cosa. Todos saben que ese número trae mala suerte. Si hubieran sido doce o catorce tal vez no habrían terminado tan mal: dispersos por todo el país y con su líder crucificado.

Avisos


   La urraca llevaba tres días graznando frente a su ventana. La viuda poco creía en supersticiones, pero su empleada no tenía esos prejuicios: “Va a haber un muerto en esta casa”, vaticinó, santiguándose.
   Al cuarto día se resquebrajó el espejo colgado en la pared del salón, sin que nadie lo tocara; se detuvo el reloj de la cocina y no volvió a funcionar aun después de que le cambiaran las baterías; desapareció el gato y un gorrión que entró por la ventana se estrelló contra la pared contraria, muriendo en el acto.
   Al día siguiente la viuda le comentó a la empleada que la noche anterior había escuchado el llanto de un bebé. “Virgen santísima”, exclamó ésta, que ese mismo día hizo las maletas y se marchó.
   Después de eso no ocurrió ningún suceso extraño. La viuda continuó su solitaria vida sin alterar su rutina y murió muchos años después, a una edad avanzada.
   No se sabe qué pasó con la empleada.